Iztaccíhuatl

La guardiana del centro de México y el recordatorio de la belleza del esfuerzo

Mariana Gutiérrez, montañista.

La tercer montaña más alta del país, localizada en el centro entre los estados de México y Puebla. Separada del Popocatépetl por el Paso de Cortés, un paso de montaña por donde los españoles llegaron a la cuenca de México desde las orillas de Veracruz.

Iztaccíhuatl vista desde Paso de Cortés.

Fotografía de Mariana Gutiérrez, 2021.

A Iztaccíhuatl se le conoce como “la mujer dormida” por la forma que tiene esta montaña formada de haber juntado muchos cerros frente al Sol por órdenes de Popocatépetl para poder velar en la cima a su amada, que al regresar de la guerra encontró sin vida y luego fue cubierta de nieve. La princesa tlaxcalteca murió por el dolor que generó la noticia falsa de que su amado, Popocatépetl, había muerto en la guerra. Esa noticia venía de otro guerrero enamorado que no quería que estos dos se casaran y que no contaba con lo que pasaría con ella. 

Popocatépetl murió contemplándola y también fue cubierto de nieve, convirtiéndose en “el cerro que humea”. 


… Aunque esa es la “historia oficial”, a mí me gustaría resignificarla hablando del amor que nos da vida, con el que aprendemos. Del que nos permite movernos con mayor confianza cada vez. Y también, con lo que significan hoy en día esas montañas para muchos montañistas. 

Un amor que nos recuerda el bonito espiral de la naturaleza donde si estamos bien nosotras, está bien todo lo demás, ¡y al revés también! Que el amor es tanto, que así como pasa en la naturaleza, sólo se genera más vida aún con los finales. Así, me gusta imaginar que más que una mujer dormida, es una mujer que con todo el amor que tenía por Popocatépetl, decidió darle a su pueblo esa una majestuosa montaña que les recordara  sobre el amor y todo lo que conlleva amarnos a nosotras mismas para poner en marcha todo lo que le da potencia a nuestra vida. 

Para los montañistas, en general el subir montañas implica pasar por muchas cosas que no siempre son agradables, pero que al final traen una gran satisfacción por haber llegado a ese punto un poco más alto o más lejos del que ya conocíamos. No se trata de llegar a la cima, sino de saber disfrutar de cada detalle del paisaje que nos rodea a cada paso. De esforzarnos por el deseo y motivación propia: Porque tenemos ganas de conocer más esa montaña, porque queremos a cada paso ir dejando algo que ya no queremos o llenarnos de algo distinto, o porque queremos darle a nuestro cuerpo un poco más de naturaleza o de ejercicio. 

Vista de la cima del Iztaccíhuatl.

Fotografía de Mariana Gutiérrez, 2021.

De pronto se cree que esforzarnos por las cosas “no es bueno”. Vivimos en una sociedad que busca la satisfacción inmediata, cuando la realidad es que nuestro cuerpo, la biología de nuestros cuerpos y de nuestros cerebros, está diseñada para que el esfuerzo nos genere un profundo placer. Requerimos esforzarnos por las cosas que realmente le harán bien a nuestros corazones. 

Cuando damos algunos pasitos más, cuando llegamos a la cima, cuando nos despertamos temprano y sentimos el frío… Cuando nos hacemos el tiempo para crear y darle vida a aquello que deja salir nuestra creatividad, al goce, a aquello que nos permite compartir momentos de calidad con quienes amamos y nos aman, estamos dándole vida a nuestra vida y a la de los que nos rodean. 

 

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